Después de mucha insistencia, y de 11 años de inactividad literaría, me he tomado la libertad de volver a escribir con la mejor compañía que se pueda desear, que la persona a la que mas admiras te ilustre aquello que sale de tu cabecita... En fin, espero que os guste, o al menos... que os entretenga. Os esperamos en nuestro rincón.

03/06/2009

La danza de la lluvia

El cielo se fue poco a poco oscureciendo, la pequeña ninfa levanto suavemente su cabecita y comenzó a olfatear el aire. Sonrió mientras reconoció ese olor que tanto le gustaba, que le despertaba y le quitaba cualquier rastro de pereza.

Sintió como le inundaba el olor de la tierra que era su hogar, mezclado con la humedad que anuncia que las primeras gotas de lluvia no se harían esperar. Poco a poco comenzó a estirarse, muy sutilmente, hasta que su cuerpo, bello y estilizado, alcanzó casi un arco perfecto. Se sacudió grácilmente el polen que se le había quedado pegado a su ceñido vestido mientras jugaba con las flores. De un salto, muy ágil y moviendo sus brazos al compás, se situó en el centro de la pradera. Comenzó a correr en círculos, mientras entre pirueta y pirueta, iba llamando a las hadas y los gnomos para que se asomaran a ver el maravilloso espectáculo que estaba a punto de comenzar. Cuando todos ellos estuvieron bien colocados y totalmente expectantes, ella comenzó la que era su danza.

Bien situada en el centro, con las manos y la mirada apuntando hacia el infinito cielo, comenzó muy lentamente a mover sus brazos, dándole señal de inicio a las gotas de lluvia. Iban cayendo poco a poco, lentamente, al compás de sus movimientos. A medida que ella iba aumentando su ritmo las gotas iban cayendo con mas rapidez. Las hadas y los gnomos, miraban extasiados, la pequeña coreografía que mostraba la ninfa con la lluvia, ella la llamaba y la motivaba, invocando a las nubes, que lloraban de emoción, por los gráciles movimientos que ella realizaba. La tierra, agradecida, por darle de beber a ella y a todos sus hijos e hijas, mostró su verde mas radiante, mientras las flores ofrecían sus mas vivos colores. Esa era la señal que ella esperaba. En ese momento sus movimientos se volvieron lentos, muy pausados, corriendo y girando, daba suaves órdenes, igual de suaves, que los movimientos de sus brazos, indicando al cielo que era hora de parar.

El bosque entero comenzó a aplaudir, el precioso espectáculo que acababan de presenciar. Las nubes saludaban, mientras se retiraban, discretamente, volviéndose blancas, como el algodón, para dar paso al radiante sol. La pequeña ninfa se inclinó varias veces ante su público, para volver a su rincón cálido, sombrío, a seguir jugando con las flores y poder descansar después de su singular trabajo.

13/05/2009

El hada y el elfo


Gracias a Pedro Daniel, por contribuir a este blog con sus pensamientos de cuando leyó este relato, convertidos en arte, su maravilloso arte.


Mientras el sol traspasaba poco a poco los pétalos de la flor, la luz bañaba la cara, de una pequeña hada, que agitada respiraba, por los sueños que le atormentaban. Era bella, menuda, con unos ojos que veían mas allá de donde miraba, con su sonrisa cristalina, que de luz todo llenaba. Pero ahora, soñaba despierta durante el día y lloraba de pena por las noches, ya no volaba, ni reía, ni jugaba. Solo pensaba, en aquel tierno elfo, de mirada valiente y espíritu noble, que solía visitarla, cuando de la lucha volvía. Con el rostro cansado, pero sonriente al verla, revoloteando en torno a él cuando llegaba. Le contaba historias de tierras lejanas, le narraba batallas llenas de heroicidades, le traía recuerdos de mas allá de las montañas mágicas, y siempre se despedía, con un dulce beso en su frente.

Ella quería crecer, quería pedirle a la diosa del río que le permitiera ser como él. Renunciaría a sus alas, a su vida, a los suyos. Quería que, por el día, le mostrara todos esos maravillosos lugares de los que tanto le hablaba y por la noche, fundirse en sus brazos hasta que volviera a amanecer.

Pero, ¡ay! que ella no sabía todo. Después de la última batalla, el elfo volvió ansioso a verla, con sus manos llenos de presentes para su pequeña hada y con su mente llena de historias, para quedarse toda la tarde junto al río, compartiendo sus recuerdos. Ella le dijo, que ya estaba preparada, que lo había decidido, que podían pasar el resto de sus días juntos. Él, la miró, con una mirada que ella nunca había visto, solo había tristeza y lágrimas. Él le confesó que el también quería, pero que había alguien con quien ya compartía los días. Que él quería a su pequeña hada, pero no podía dejar a quien con su hogar compartía.

El hada sintió, como todo su interior se rompía, como no podía respirar, y las lágrimas no podían cesar. Voló, voló muy lejos, hacía el otro lado del río, donde su elfo, por mas que corría y la llamaba, no podría alcanzarla.

Se escondió en una flor, en la que a partir de ahora sería su celda voluntaria, donde pasaría la eternidad, donde podría soñar por el día con su amor querido y donde podría llorar por las noches por su amor perdido.

Mientras, el elfo volvió a su hogar, volvió a sus heroicas batallas, pero por las noches, su mirada se vuelve a tornar triste, preguntándose, donde estará su pequeña hada.

10/03/2009

El canto de la esperanza

La lluvia se oía golpear contra las paredes del castillo. Caía con furia, como las lágrimas de la dama a la que acababan de partir el corazón. Día propicio para los malos augurios y noticias negras, como el cielo de tormenta… eso le habían dicho, pero ella ya no oía, ya no escuchaba, ya no veía… sólo sabía con certeza que él nunca mas volvería. Era joven y muy bella, como sus antepasados que vivían mas allá del bosque, con su cabello del color del trigo y su figura esbelta como un junco del río, su risa de cristal recorría cada habitación, cada rincón mientras solía cantar y bailar, esperando que su caballero regresara por ella.

Pero eso ya se terminó, le habían arrebatado todos sus sueños y sus anhelos, tan rápido, que se ahogaba en su propia angustia… corría de una punta a otra del palacio, buscando un sonido oculto, un olor familiar, un recuerdo que la mantuviera cuerda. Pero solo escuchaba la tormenta que barría con todo a su paso, solo olía la humedad de las paredes y recordaba lo sola que se sentía en ese momento. Sólo había una solución.

Corrió escaleras arriba, en busca de la torre mas alta, despojándose de su capa, de sus botas que le hacían ir más lento, corrió hasta que pudo asomarse al balcón en el que casi podía tocar las nubes. Miró al cielo cubierto, mientras las gotas caían por su cara, por su cuello, pegaban su vestido a cada curva de su cuerpo. Levantando las manos, comenzó a hablar en el lenguaje de su pueblo, en aquel en el que ellos se comunicaban con los animales, con los ríos, con los árboles, con la luna, con el sol y con la lluvia. Les pidió paz, les ofreció los cantos que aprendió de pequeña en aquella lengua incomprensible para los que la rodeaban normalmente. Pidió la serenidad y sabiduría de su pueblo sintiendo como en cada gota que la rozaba, le alimentaba de su tradición de siglos atrás. Pidió poder estar con ellos, porqué sabía que su amor estaba ahí, ya que ese había sido el regalo que los ancianos hicieron a los mortales que fueran puros de corazón. Pidió perdón por haber escapado de ellos para conocer aquel pueblo que había más allá de las fronteras del reino real al que ella pertenecía, admitía que no estaba preparada y quería volver, para estar con aquel al que, a parte de ellos, más amaba.

Los habitantes del reino, salieron de sus casas intrigados, una fuerza inquietante les recorría y no sabían lo que era. Intrigados, veían como a sus vecinos les pasaba lo mismo y como se sentían impulsados a caminar bajo la torrencial lluvia hacia el castillo de su amo. Con sorpresa vieron como en lo más alto, una figura danzaba acompasadamente desprendiendo una luz, que atravesaba las más espesas nubes. No podían escucharla, pero sentían dentro de ellos su canción de lamento, no podían entenderla, pero sentían su dolor y sus ruegos, no podían verla, pero era como si estuviera ahí entre ellos. Era una luz tan bella, que no podían dejar de mirarla, y ahí estaban todos, curiosos, pensando en que sería de aquella figura casi divina.

La dama no los veía, sólo se sentía cada vez más liberada, cada vez más comprendida, hasta que de repente, un golpe de luz inundó todo el reino. Se fueron las nubes, se fue la lluvia y el cielo se inundó de mariposas de colores. La dama ya no estaba, se había ido de nuevo a donde pertenecía, pero dejó de regalo al reino la alegría de su risa en cada rincón y si se paraban un segundo, podían sentir dentro de ellos la melodía de su canción que les llenaba de esperanza.

06/01/2009

Pequeño cuento de navidad. ¡¡Que hayais tenido unas mágicas fiestas!!


Caminando por el bosque, sentía como sus pies se hundían en la nieve recién caída. Las nubes comenzaban a disiparse dejando que la noche, tímida, saludara poco a poco entre los claros. Le gustaba sentir el aire frío en contra su rostro, le despejaba y le aclaraba la mente. Jugaba a cerrar los ojos y con los brazos muy estirados, ir a tientas, dejando que sus sentidos exploraran su alrededor. Podría oler el humo de las chimeneas de las casas mas cercana, podía saborear los últimos copos, distraídos, que terminaban de caer, podía escuchar las voces lejanas celebrando el fin de año y las risas al abrir los regalos de navidad, podía sentir como la noche se abría paso y la luna la saludaba bañando su cara con su cálida luz. Decidió adentrarse un poco mas, prefería la tranquila compañía de los abetos a la de las jubilosas fiestas de casas, que aunque amigas, sentía como desconocidas ya que realmente no tenía familia propia con la que celebrar nada. Le gustaba buscar indicios de fantasía en ese lugar, sabía que si se esforzaba, podría encontrar a las hadas celebrando el año nuevo y a los diminutos gnomos bailando en la oscuridad. Quería decirles que ella quería ser parte de ese mundo, que nada le ataba a un mundo mortal. Ella quería ser luz y jugar con ellos.

Le pidió a la luna que iluminara la senda que le llevaría ante todos ellos, y para congraciarla, comenzó a bailar entre los árboles con una melodía que improvisaba ella misma. Les hacía graciosas reverencias mientras ellos, con sus ramas, le iban indicando el camino. No era oscuro, aunque se alejaba cada vez mas de las chimeneas y del pueblo, al contrario, cuanto mas se introducía en lo frondoso del bosque, mas resplandecía una curiosa luz al final de él. Y cuanto mas bailaba con los árboles y hablaba con Selene, mas clara se hacía la ruta que debía seguir.

De repente, entre danza y vuelta y vuelta y danza, tropezó con la imagen con la que había soñado toda su vida… Un círculo de hadas y ninfas bailando alrededor de una fogata que se encargaban de alimentar los duendes y los gnomos, mientras que todos juntos celebraban el cambio de año… todos reían y la llamaban por su nombre. La más anciana de todas, voló hasta quedar en frente suya y le dijo que le escuchó suplicar que quería ser como ellas y que sentían como cada semana recorría el bosque bailando y buscándolas. Habían decidido que merecía ese regalo y que si realmente lo deseaba, solo debía cerrar sus ojos y creer en ello.

Cuando la muchacha abrió sus ojos y levantó la vista hacia el cielo, vio como las estrellas le sonreían, empezó a quitarse toda su ropa, pues sentía que le sobraba y descubrió que debajo llevaba una mas acorde, que le habían echo los árboles, y sintió dos punzadas en la espalda, que daban paso al brotar de dos alas bordadas con hilo de plata, tocó sus orejas, ahora puntiagudas con las que escuchó el canto del bosque dándole la bienvenida a su nueva familia, esa con la que siempre soñó y esa con la que siempre debería estar.


14/12/2008

La doncella y el espejo

En un palacio de cristal, vigilada por la luna, vigilada por la noche, vivía la doncella, en su agónica melancolía. Dormía por el día, cantaba por las noches, se asomaba a los barrotes de plata, que la mantenían prisionera en su carcelarío hogar.


Suplicaba cada anochecer a las diosas del destino, que acabaran con su soledad, que la dejaran marchar, que la dejaran vivir... pero nadie la escuchaba, sólo tenía por compañía, un espejo en el centro de su blanca habitación. El marco era brillante, como alas de un hada, y en el se reflejaba su lánguida figura. Su cabellera, hasta la cintura, del color del azabache, su rostro de porcelana, como la luna que la guardaba, sus manos finas, como si fueran de una niña.


Corría de un lado a otro, recorriendo todo el castillo, buscando un resquicio, por donde poder escapar. Pero en cada ventana, en cada rincón, solo veía a la noche, y a la luna, majestuosa, imponente, controlando desde el cielo. Cantaba entonces en los rincones el porqué de su cautiverio, el porqué de su soledad. Por querer lo que no debía, por desear lo que no era suyo, por soñar con lo que era de otros.


Y ese fue su castigo, vivir eternamente, en un palacio de cristal, viviendo bajo las estrellas y anhelando ver el sol, con la única compañía que el eco de su voz susurrando sus canciones y el espejo de su habitación.


Una noche que a la luna, la tapaban las estrellas, cantó ella con su voz, mojada, en las lágrimas de su tristeza. La oyó el elegante espejo y enternecido por su melancólica melodía, comenzó a brillar, para hacerle compañía en esa oda musical. Cuanto mas ella cantaba, mas él brillaba, como mil alas de hada batiendose sin piedad. Su canción era de ruego, de súplica, de desesperación, buscaba una salida, y se agitaba con frenesí al tiempo que su camisón de seda, bailaba en torno a ella.


Se acercó ella sin cesar de cantar su lamento, estirando su mano para sentir el frío brillo de su nuevo compañero. Al tocar su propia imagen, sintió como se rompía, en mil olas de destellos, como el río cuando se agita. Cuanto mas alto cantaba, mas se agitaba su imagen, cuanto mas triste cantaba, mas podía hundir su mano en él.


Dió las gracias a esas diosas, que escucharon sus ruegos, y le abrieron una  puerta a su ansiada libertad, se asomó poco a poco, al interior del espejo viendo la luz, el sol, los pájaros... pero al tiempo, cuanto más se asomaba, una punzada en su interior se clababa, mientras su ropa se volvía carmesí. Entendió ella entonces, que si quería ser libre, si quería saltar a ese idílico lugar, tenía que dejar correr su vida.


¿Que hacer? Una vida de agonía o fuga tantas veces soñada, cerro los ojos y siguió su son, al tiempo que, por primera vez, sonreía.


Así, cuando las nubes se marcharon del cielo, la luna la encontró, en medio de su habitación, con una cama bajo ella, de su sangre, aun caliente y espesa, pero con una expresión que Selene desconocía y era aquella que la doncella sentía al poder liberar su vida.

08/12/2008

Anoche le habló la luna




Silencio...

Oscuridad...

Esa calma rota, como la copa que cae de la mano y se estrella en mil pedazos contra el suelo.
De repente, se despierta empapada en sudor. Se incorpora, intentando respirar, con un sentimiento atravesado en la garganta, como el grito ahogado del que acaba de morir. No sabe lo que es, ¿o no lo quiere saber? Algo la impulsa a la ventana, con tal rapidez, que choca contra el frío cristal, entibiando sus emociones, su angustia...

Entonces sucedió, entonces la luna le habló. Le dijo que lo liberara, que lo dejara escapar, que lo dejara ir. "No vas a conseguir nada", le dijo. Abre la puerta de la jaula que hay dentro de ti y deja que vuelen libres esas dos almas hacia su propio destino. Si no, nunca cesarán las lágrimas, las tuyas, húmedas, como el rocío de la mañana, las suyas, invisibles, como los pasos del guardián de la noche.

Entonces la luna le habló. Le dijo que viera mas allá de su egoísmo, de su orgullo que le cegaba y no le dejaba ser feliz. "Abre tu mano y déjale libre", le dijo. No puedes retener lo que no es tuyo , es como el río que fluye entre tus dedos y al que no puedes hacer prisionero.

Miró ella hacia el cielo, con un velo en la mirada y la angustia clavada en el corazón. Quería gritarle que se equivocaba, que si ella le retenía a su lado, serían uno solo... Pero ya no habían fuerzas para luchar. Sus manos golpeaban el cristal, en un intento de castigarse a si misma por haber perdido esa batalla.

Buscaba paz, quería paz, quería que su corazón volviera a vivir, pero no quería renunciar a él. La luna, esa luna cruel que le arrebataba lo que mas deseaba, pero en el fondo, sabía que la liberaba. No, no podía ser, quería gritar... pero no podía, quería correr... pero sus piernas no se movían, quería paz. ¿Dónde estaba esa paz escondida? Cada vez le costaba mas respirar. Quería gritar, correr, escapar. Cada vez, golpeaba con mas fuerza el cristal. Mientras, la luna, la juzgaba y sentenciaba desde el atrio de su palacio celestial.

Entonces sucedió.

Silencio...

Oscuridad...