Escritora frustada, que intenta poner orden en el baúl oscuro de su imaginación. Relatos que salen desde lo mas recondito de mi alma e intentan liberar todo lo que siento por dentro. Espero que os guste, os entretenga y que me digáis lo que os hace sentir. Gracias por acompañarme en mi rincón.

23 ago. 2011

El reflejo

Para ti...

El sol se iba poniendo poco a poco por el horizonte, se iba despidiendo de todos, mientras majestuosamente se ocultaba cubriendo la ladera de la montaña con ese manto cobrizo, que hacía brillar a cada elemento del bosque de una forma especial. La pequeña hada se estaba adormilando sobre la suave hierba. Movía sus manitas, mientras sus pensamientos se arremolinaban en su cabecita, igual que lo hacía el agua en cada curva del río. Sabía que tenía que ponerse en marcha. ¿A donde? no lo sabía muy bien. ¿Que buscaba? no lo tenía muy claro. ¿Cuando llegaría? Ni si quiera sabía si su viaje tenía meta.

Llevaba décadas recorriendo bosques enteros, durmiendo cada noche en un árbol distinto, aprendiendo de cada gnomo, cada elfo, cada ninfa. Cambiaba gotas de rocío y néctar por cuentos, historias y recetas secretas de como curar males del cuerpo y del alma, con cariño y hierbas naturales. Siempre con una sonrisa, se despedía con tristeza en su mirada, porque sabía que nunca mas volvería a ver a esos que ahora eran sus amigos. Se sentía llena de vivezas, de experiencias, hasta de sabiduría... pero sentía vacío su corazón, por mas millas que recorría, mas perdida se sentía. No sabía que era lo que su corazón le pedía, lo que buscaba.

Se incorporó despacito, mientras agitaba ágilmente sus alitas, para desprender de ellas los pequeños pétalos que se habían quedado pegados, creando una pequeña lluvia de colores a su alrededor. Eran grandes y brillantes, y al trasluz del ocaso, se veía perfectamente el suave dibujo que había en ellas. Se soltó su larga y frondosa melena oscura, que contrastaba con su piel clara. Se estiró su vestido rojo, que se ajustaba perfectamente a las redondeadas curvas de su cuerpo. Esbelta y atlética, se estiró todo lo que pudo, para sacudir la pereza, mientras pasaba su manos sobre sus ojitos, redondos, negros, profundos, de esos que es mas que difícil no caer en su embrujo, por sus mejillas, suaves y sonrosadas, y por sus labios, rojos y carnosos.

Cuando ya estaba lista para emprender de nuevo el viaje, descubrió algo que llamó totalmente su atención, era algo que nunca había visto, pero de la cual no podía distraer su mirada. Ahí, sobre la punta de una de las hojas de los sauces, había una pequeña gota, redonda, perfecta, brillante, como si mil rayos de sol la atravesaran. No podía ser rocío, no eran horas, y era demasiado dorada. No podía ser miel, se deslizaba con suavidad a traves de la rama. No podía ser néctar, demasiado perfecta era su forma. Llevada por la curiosidad, levantó el vuelo y se acercó poco a poco a descubrir que era, y cuando estaba a punto de estirar su bracito para poder cogerla, la gota se desprendió de la última hoja de la rama, y cayó al suelo. De ahí comenzó a rodar lentamente. El hada la miraba asombrada. Era como si la gota la llamara, como si le pidiera que la siguiese. Intentó dar media vuelta y seguir con su camino, pero era del todo imposible el continuar su marcha, tenía que saber que era. A medida que se iba acercando, la gota rodaba por el bosque, como si el aire la meciera sin rumbo, pero a su vez marcando un camino. La pequeña hada, cada vez mas ansiosa, volaba mas rápido, a lo que la gota, rodaba cada vez mas veloz, brillando cada vez mas, pero sin alejarse demasiado, como llamándola desde la distancia. Tan concentrada iba el hada persiguiendo su objetivo, que no se dio cuenta que la gota se fundió de repente en una pequeña cascada de agua en la ladera de la montaña. En ese mismo instante, que era el mismo en el que el sol llegaba a su punto mas bajo, el agua brilló de una forma cegadora, tanto, que tuvo que cubrirse sus ojos con las manos y equilibrarse para no caer al río. Pero es ahí que el hada fue incapaz de alejarse de la cascada, porque algo en su interior, la llamaba con mas fuerza que nunca. Sentía un calor especial dentro de ella que nunca había sentido antes. Veía con mas claridad y sentía que cada uno de sus movimientos eran fruto de la llamada de esa poderosa energía. Cuando se acercó a la cascada, le impactó ver un tenue reflejo. Era como si se viera a través de un espejo. Comenzó a moverse, comenzó a bailar frente al agua. Las pequeña gotas resbalaban por su corto vestido, el pelo se le iba humedeciendo, a la vez que se quedaba pegado a su espalda y brazos desnudos. Todo ello, sin dejar de mirar ese reflejo que le seguía con la misma ternura en su mirada, que tenía ella en ese momento. De pronto, comprendió aquello que sentía con tanta fuerza por dentro. Era extraña en ese sitio, pero se sentía en su casa. No quería moverse de allí, porque por fin había llegado a alguna parte. Sabía lo que tenía que hacer. No era un reflejo lo que estaba mirando, era aquello que su alma había buscado por años, solamente tuvo que estirar su manita hasta tocar el reflejo, para sentir esa calidez infinita en todo su cuerpo. Y ahí se dio cuenta de que ese viaje había terminado, para dar paso al resto de su existencia.

30 ene. 2011

La guerrera

Esta es una historia muy especial, que se la debía hacía mucho tiempo a mi querida amiga Ana Cobos, que para mi, es toda una guerrera. Espero que os guste a todos!!

Se despierta cuando siente el rocío recorrer su cara. Abre poco a poco sus grandes ojos, que escrutan cualquier movimiento que no sea habitual, entonces los cierra, respira profúndamente, siente como el aire fresco inunda sus pulmones y la llena de vida, siente como se despiertan el resto de sus sentidos. Sin abrilos aun, mueve lentamente sus manos, sintiendo la naturaleza que la rodea, palpa el arbol bajo el que ha dormido, acaricia las hojas que le han dado cobijo durante la noche, atrapa entre sus manos la tierra, cercana al lecho del río, que cada noche le sirve de cama. Vuelve a respirar profundamente, y después comienza a olfatear el aire, huele a mañana, a rocío, a flores recién abiertas, que parecen darle los buenos días, huele a frutos que llaman vorazmente sus ganas de comer.

La guerrera recoge la manta en la que se envuelve de noche. Esa frazada que, además de calentarla, la protege de las criaturas de la oscuridad. Es del color de la tierra, está hecha con la lana mas cálida del valle y tejida por las mujeres mas antiguas de la tribu, era el regalo de su pueblo el día que la eligieron como una de sus guerreras. Fue un honor que pese a su juventud, la hubieran elegido para tan magnífica tarea, el ayudar a vigilar y proteger a su pueblo. Pero no fue difícil la decisión, pese a su pequeño tamaño y su corta edad, se movía con la cautela del viento, luchaba con la fuerza de los elementos y cada uno de sus gestos, demostraba su gran valentía y coraje.

Después de recoger sus cosas, se dirigió al río a lavarse. Al ver su reflejo en el agua, le costó reconocerse. Ya no era una niña, aunque su cara revelara ciertos rasgos de inocencia, aun no marcada por las cicatrices de las luchas mas fieras. Su piel, estaba dorada por correr al sol, su pelo era tan negro, como el fondo de las aguas mas profundas y brillaba con los primeros rayos de luz, sus ojos eran oscuros, intensos, al acecho de cualquier movimiento extraño.

Tras su aseo, buscaba uno de aquellos árboles cargados con aquellos frutos tan deliciosos. Se arrodillaba ante uno de ellos, le daba las gracias por alimentarla y arrancaba su fruta madura. Primero murmuraba una pequeña oración a las diosas que siempre la protegían, y después, partía la fruta con delicadeza, para comer su carnoso interior. En los restos de su cáscara, mezclaba un poco de tierra con agua del río, para crear ese tinte único con el que decoraba cuidadosamente su cara y su cuerpo. Ahora estaba lista y preparada para afrontar un nuevo día, arco en mano, lista para tensarlo en el momento de sentir cualquier amenaza para su pueblo. De repente, cierra los ojos, y olfatea el aire, sonríe, y camina hasta fundirse y ser uno con su bosque.