Escritora frustada, que intenta poner orden en el baúl oscuro de su imaginación. Relatos que salen desde lo mas recondito de mi alma e intentan liberar todo lo que siento por dentro. Espero que os guste, os entretenga y que me digáis lo que os hace sentir. Gracias por acompañarme en mi rincón.

3 jun. 2009

La danza de la lluvia

El cielo se fue poco a poco oscureciendo, la pequeña ninfa levanto suavemente su cabecita y comenzó a olfatear el aire. Sonrió mientras reconoció ese olor que tanto le gustaba, que le despertaba y le quitaba cualquier rastro de pereza.

Sintió como le inundaba el olor de la tierra que era su hogar, mezclado con la humedad que anuncia que las primeras gotas de lluvia no se harían esperar. Poco a poco comenzó a estirarse, muy sutilmente, hasta que su cuerpo, bello y estilizado, alcanzó casi un arco perfecto. Se sacudió grácilmente el polen que se le había quedado pegado a su ceñido vestido mientras jugaba con las flores. De un salto, muy ágil y moviendo sus brazos al compás, se situó en el centro de la pradera. Comenzó a correr en círculos, mientras entre pirueta y pirueta, iba llamando a las hadas y los gnomos para que se asomaran a ver el maravilloso espectáculo que estaba a punto de comenzar. Cuando todos ellos estuvieron bien colocados y totalmente expectantes, ella comenzó la que era su danza.

Bien situada en el centro, con las manos y la mirada apuntando hacia el infinito cielo, comenzó muy lentamente a mover sus brazos, dándole señal de inicio a las gotas de lluvia. Iban cayendo poco a poco, lentamente, al compás de sus movimientos. A medida que ella iba aumentando su ritmo las gotas iban cayendo con mas rapidez. Las hadas y los gnomos, miraban extasiados, la pequeña coreografía que mostraba la ninfa con la lluvia, ella la llamaba y la motivaba, invocando a las nubes, que lloraban de emoción, por los gráciles movimientos que ella realizaba. La tierra, agradecida, por darle de beber a ella y a todos sus hijos e hijas, mostró su verde mas radiante, mientras las flores ofrecían sus mas vivos colores. Esa era la señal que ella esperaba. En ese momento sus movimientos se volvieron lentos, muy pausados, corriendo y girando, daba suaves órdenes, igual de suaves, que los movimientos de sus brazos, indicando al cielo que era hora de parar.

El bosque entero comenzó a aplaudir, el precioso espectáculo que acababan de presenciar. Las nubes saludaban, mientras se retiraban, discretamente, volviéndose blancas, como el algodón, para dar paso al radiante sol. La pequeña ninfa se inclinó varias veces ante su público, para volver a su rincón cálido, sombrío, a seguir jugando con las flores y poder descansar después de su singular trabajo.